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Si la información vale, entonces pague

En Verb.company, estamos probando algo nuevo. Estamos vendiendo informes digitales por copia. Hemos fijado un precio bajo por copia y ya pusimos en venta el primer informe en nuestra tienda en línea. Como el personaje de Futurama que siempre dice, “Buenas noticias, chicos” antes de enviar su equipo en una nueva misión suicida, tenemos una visión optimista pese a las dificultades del caso.

Creemos que la gente pagará por ciertas noticias en Internet. La mayoría en el sector de medios está en desacuerdo, y nosotros tenemos la esperanza de demostrar que están equivocados. Nuestro principio central es: el valor de la información es inversamente proporcional a la cantidad de personas que tienen la información. Por ejemplo, cuantas menos personas sepan dónde encontrar oro, tanto más valioso es ese dato: si usted es la única persona que lo sabe, entonces su valor es enorme. Nuestro negocio es crear información valiosa a partir de cero.

Lo más difícil en este modelo es liberar las noticias de la publicidad. Para los diarios, el tráfico bajo es “malas noticias”: por doscientos años, ganaron dinero por la cantidad de lectores. Ese modelo de negocios ahora está en ruinas. Pero eso es solamente cierto si uno vende publicidad. Si uno está comprando publicidad, uno desea el menor alcance que maximizará las ventas. Eso es lo que ofrecen Google y Facebook a los anunciantes. Por ejemplo, en vez de comprar un anuncio que llegará a 100.000 personas con la esperanza de llegar a 2.000 clientes potenciales dispuestos a comprar sus relojes de oro, uno ahora puede comprar un anuncio en Instagram para llegar a personas que han mostrado un interés en comprar joyas de oro y que pasan cerca de su comercio cada día.

En nuestro modelo, usamos la misma tecnología que está causando estragos en el sector de las noticias—segmentación muy precisa y económica—para encontrar clientes dispuestos a pagar por la información que estamos creando. Google y Facebook dominan el sector de la publicidad pero tienen dificultades para diferenciar la verdad de las mentiras. En su modelo, ello quizá sea imposible.

Sin embargo, su segmentación de audiencia es una herramienta valiosa para vender nuestros informes. Y nosotros en Verb.company podemos separar el trigo de la cizaña. Los medios periodísticos tienen métodos avalados por el tiempo para acercarse a la verdad. En Verb hemos adoptado las herramientas del periodismo clásico para hacerlo. Por ello hemos creado una redacción calcada de los diarios. En otras palabras, usamos Google y Facebook para vender nuestros productos editoriales. No somos sus socios ni beneficiarios, sino clientes. Rige el famoso principio empresarial: el cliente siempre tiene razón.

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Penn Station: Comienza el viaje

Un taxista en atuendo y gorro musulmanes vino a recogerme del Club Harvard para llevarme a Penn Station a las 5.30 de la madrugada. Su acento y aspecto sugerían un origen del sur de Asia. “Pensé que me dijo que iba a JFK”, dijo. Luego advertí que no era casualidad que se hubiera detenido a mi lado mientras esperaba en la acera, sin que yo hubiera alzado la mano. Seguramente lo había llamado otra persona.

Por alguna extraña razón, quería dejarme en la esquina más alejada de la estación, al otro lado de la calle en línea transversal. Tuve que insistir un par de veces —la segunda vez subiendo la voz— para que me dejara delante de la entrada, cruzando la Séptima Avenida y en la acera de enfrente de la Calle 31. Como un maniático, dio marcha atrás a su Prius prematuramente destartalado. Luego viró súbitamente a la derecha y aceleró con violencia a la luz verde.

Es sabido que los taxistas de Nueva York se vuelven agresivos si no se les da la propina. Con disgusto, le pagué una propina de 20 por ciento, el mínimo posible entre las opciones de pago con tarjeta de crédito. Pero no lo merecía. El derecho a la propina es una de las características más irritantes de la vida en Estados Unidos. Se ha convertido en un derecho tan indisputable entre ciertas profesiones que incluso un pésimo servicio es recompensado con una propina. Nadie ignora que simplemente se trata de un traspaso de las presiones salariales de los empleados a los clientes. A diferencia de la mayor parte del mundo, donde el estándar es de 10 por ciento, en Estados Unidos el mínimo aceptable es 15 por ciento del valor del servicio. Y eso lo hacen solamente los más tacaños.

Penn Station es quizá el edificio más feo aún en pie en Nueva York, cortesía de Robert Moses, durante su prolongada y destructiva gestión como planificador de la ciudad desde inicios de la década de 1920 hasta comienzo de la década de 1970. Amenazó con hacer lo mismo con Grand Central Station, sin paralelo en belleza entre las estaciones de tren en todo el mundo. Pero Jackie Kennedy Onassis –con su encanto y el par de apellidos grandiosos– frustró la iniciativa de Moses.

La estación se veía aún más fea y gris a esa hora desolada. Un hombre harapiento y una tupida barba gritaba, “Todo mi poder pertenece a Dios”, mientras deambulaba por el piso. Luego se calló y se inclinó sobre el cesto de basura para hurgar en busca de algo rescatable allí. Cinco minutos antes de la partida el letrero electrónico mostró la plataforma desde la cual partiría el Cardinal, el tren rumbo a Chicago. Los pasajeros podían elegir libremente sus asientos. El conductor del tren me dijo de sentarme en cualquier asiento a la derecha del pasillo. A las 6.45 en punto, el tren comenzó a reptar lentamente, saliendo de su nido subterráneo en la horripilante Penn Station.

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Esta es la tercera parte de El Ferrocarril Transamericano: Nueva York a Los Ángeles a la velocidad del hierro, un diario de viaje.   

(Esta nota fue originalmente publicada en inglés el 18 de agosto de 2016).